Hay un camino que me lleva hacia los textos de grandes dramaturgos, a los que superan todos los tiempos, las fronteras. Siento necesidad de compartir con el espectador estos textos desvestidos de toda temporalidad, nutridos de estructuras ancestrales, que nos fundan, nos conectan con la falta, que nos instalan en la parte sustancial de la especie humana.
Llego a Pelícano por una intensa conexión con su autor, por compartir y comprender en gran parte su mirada sobre la vida. Y estoy, hoy por hoy, convencida que encuentro la manera de acceder a Strindberg, conectando con lo que lo atormentaba, con aquello que él sabía que era irremediable, con sus sentimientos encontrados, sus grandes contradicciones, y con eso que nos identificamos borrar los cien años de distancia.
Tiro de los hilos que encuentro en su texto e intento traerlos al presente: la puesta respeta al autor, intentando plasmar aquello que Strindberg concibió en Pelícano junto con los otros Opus en su Teatro de Cámara, al legarnos estos primeros textos dramáticos expresionistas, con una escenografía reducida a lo mínimo y funcional al desarrollo de la obra. No tengo intenciones de innovar, ya lo hizo el autor en 1907, sólo persigo convocar al espectador a reflexionar junto a nosotros sobre los vínculos, las instituciones que nos forzamos a mantener, aquello que deseamos intelectualizar, aquello que intentamos acallar, y así poner sobre la mesa (la escena) la actualidad de Pelícano.
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