Por: Alfredo Hopkins
Si el polémico escritor sueco August Strindberg hubiese tenido la oportunidad de pasear por la calle Pi y Margall en La Boca, Argentina, hubiese tenido una grata sorpresa al entrar en una casa a la altura de 1100, pasar por dos patios interiores y sentarse en una pequeña sala junto a una veintena de espectadores para ver una versión de su densa obra, “Opus 4 pelícano.” Allí, frente a un misterioso muro de leña, se instala una rara sensación, como si uno formara parte de la familia que Strindberg dibuja tan magistralmente.
Entra el hijo, (Gerardo Grillea) famélico, flaco, con aire desconcertado, le da un puntapié a parte del muro de leña, busca un pedazo de pan, come desesperadamente: nace el clima sórdido de la obra, cercano a la locura, un mundo profundamente explorado en las obras de Strindberg. Su temprana militancia feminista se bifurca con el paso de los años, pues se sintió acosado y perseguido por el movimiento feminista y pronto su feminismo se transformó en misoginia, no obstante haber intentado tres experiencias matrimoniales.
Pero los temas de Strindberg también incluyen--como en esta obra--los conflictos económicos, la avaricia, el dinero como objeto de lucha en el seno familiar, la venganza, en fin, las tensiones sociales y las contrariedades de la familia burguesa. Además, el escritor comenzó un ataque contra el realismo de su época, anticipando posteriores movimientos expresionistas.
El hambre del hijo no es resultado exclusivo de la situación social de la familia, pues la madre (Silvia Oleksikiw) es un personaje complejo que exhibe todas las características de la madre-viuda abnegada que carga sobre sus hombros todas las desgracias de la situación. Y sin embargo, en esta obra ella y los demás personajes sufren y se esconden debajo de máscaras bien colocadas. La criada (Marta Cosentino) es la que más cercano a la tierra parece. Le dice a la madre: “Los hijos son ingratos por naturaleza.”
Llegan la hija (Marina Munilla) y el Yerno (Federico Schneider) de la corta luna de miel y los conflictos se disparan, motorizados por las mentiras. Todos tienen reclamos, secretos, oscuridades, amores inconfesables, deseos de venganza, recetas para la salvación, a pesar de todo. El padre está presente en cada escena, casi como si fuera un fantasma. Murió ya hace tiempo, llevándose consigo (?) el secreto de dónde fue a parar toda su fortuna. Entretanto, la madre vive angustiada, el hijo sufre hambre y agoniza en sospechas, dudas y miedos.
Dice la directora, Mónica Benavidez: “Hay un camino que me lleva hacia los textos de grandes dramaturgos, a los que superan todos los tiempos, las fronteras. Siento necesidad de compartir con el espectador estos textos desvestidos de toda temporalidad, nutridos de estructuras ancestrales, que nos fundan, nos conectan con la falta, que nos instalan en la parte sustancial de la especie humana." (...)
Hizo un trabajo físico con los actores que establece una especie de código para el espectador y refleja la aproximación a los límites del realismo que proponía Strindberg. Asimismo, hay un gran trabajo con las miradas: entre enlazadas y desacopladas. La puesta es económica y eficaz: el muro de leña, una silla y una estufa.
http://jaquematepress.blogia.com/2009/101201--opus-4-pelicano-de-august-strindberg-se-presenta-en-la-boca.php
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